En Salto, como expresa Juan Carlos Ferreira, “las décadas del 20 al 50 trajeron ejemplos de una arquitectura cuyo común denominador era el espíritu renovador y la notable calidad de diseño, que hubiera justificado su aparición en las revistas especializadas. Pero Salto está lejos de la capital o para decirlo con palabras montevideanas, ‘está para afuera’.”
Se observa en Salto, obras de de excelente calidad, extraordinariamente modernas pero con un cuidado y respeto por las particularidad del medio físico en el que se insertaban.
A los efectos del análisis sobre todo en relación de la arquitectura con las artes visuales en Salto, podemos determinar dos períodos: años treinta y cuarenta y años cincuenta y sesenta.
PRIMER PERÍODO: AÑOS ’30 – ‘40
Marco cultural
Un primer período, lo situaremos en la década del cuarenta (en arquitectura lo delimitan los arquitectos Machado y Vlaeminck en su trabajo Salto: El racionalismo arquitectónico. La etapa de transición: 1930-1940[1]) se detectan las primeras manifestaciones de esta nueva arquitectura donde se comienzan a manifestar “elementos modernos”, aunque en la mayoría de los casos con el cuidado respeto por su inserción en la ciudad. Podemos citar como ejemplos más representativos el primer período del Arq. Francisco Lucas Gaffré con sus obras con clara influencia del racionalismo, las obras del Arq. Armando Barbieri con influencias del expresionismo holandés, el Arq. Pedro Oscar Ambrosoni quien “transformó su primer Racionalismo de revoques y prismas, en otro que se deleitaba trabajando con ‘le béton brut’ y la piedra, a la manera de un pintor-escultor-arquitecto”[2], el Arq. Daniel J. Armstrong quien incorporó las características del expresionismo holandés con el organicismo de Frank Loyd Wright, principalmente en las obras en sociedad con el Arq. Pedro Oscar Ambrosoni; el Arq. José María Ambrosoni, en cuyas obras “se reconoce el espíritu geométrico racionalista pero también una muy salteña calidez en residencias ‘orgánicas’”[3]
En algunas de las obras de estos arquitectos se ha incorporado trabajos de destacados artistas plásticos que tienen valor patrimonial no sólo por su calidad sino en algunos casos por ser testimonio del pasaje de sus autores por la ciudad y la influencia que ejercieron en artistas salteños. En las obras de este período, ésta incorporación se realiza a la manera de murales esgrafiados o pintados por artistas como el pintor italiano Enrique Albertazzi, el artista italiano que había llegado a Montevideo para realizar la ornamentación del Palacio Legislativo y a Salto para restaurar los frescos del Teatro Larrañaga, el maestro húngaro José Cziffery quien fue el primero en dirigir el Taller Pedro Figari de la Asociación Horacio Quiroga, el salteño José Echave, y el argentino Juan Carlos Castagnino quien llegó invitado por Amorim a conocer la ciudad, en determinados sectores de los edificios. No se puede asegurar que sean obras plásticas que se hayan diseñado junto con el proyecto arquitectónico, pero sí demuestra el interés de los arquitectos en integrar la obra de arte, aunque en esa relación la arquitectura es el eje fundamental.
Las obras a las que nos referiremos podemos inscribirlas dentro del Realismo Social uruguayo, que como define Gabriel Peluffo, se trata de “una corriente de arte figurativo que busca diversas aproximaciones a la temática social y popular. Desde la que se propone una elaborada descripción de tipos humanos característicos, hasta la que incursiona en la crítica social afirmando ideas americanistas.”[4] Esta corriente Peluffo la sitúa a nivel nacional en la década del treinta, en el “período comprendido entre la primera pintura renovadora alentada por el modernismo europeo (la de los años diez y los años veinte) y la segunda (alimentada por influencias tardías por ‘ismos’ de posguerra.)” por lo que la producción artística vinculada a esta corriente había quedado fuera de la historiografía nacional y frecuentemente descalificada.
Como podemos observar en Salto, aunque un poco más tardíamente, las obras que a continuación describiremos, evidencian las características de esta corriente en nuestro país definida por Peluffo, en el sentido que no se trata de un movimiento de características ideológicas y estéticas unívocamente definidas, sino que se observa “una multiplicidad de visiones personales acerca del paisaje social de la idiosincrasia popular, a través de un arte realista que no desconocía lenguajes contemporáneamente practicados en América Latina, Estados Unidos, Alemania, Francia y la Unión Soviética.”
Salto cuenta con el testimonio de este movimiento artístico, en los murales que se describirán a continuación perpetrados en diferentes programas arquitectónicos: el Club Uruguay, el garage El Palacio, la ex Maison Anita, una imprenta y una residencia particular.
Sus autores, de una u otra forma fueron influidos “por algunos artistas argentinos como Antonio Berni, Demetrio Urruchúa y Lino Spilimbergo, o de algunos brasileros como Emiliano di Cavalcanti y, fundamentalmente, Cándido Portinari.”, así como por el muralismo mexicano, en especial la obra de David Alfaro Sequeiros.
[1] Machado Da Silva, Adriana, Vlaeminck, Luis (coord): Salto: El racionalismo arquitectónico. La etapa de transición: 1930-1940, Universidad de la República, Facultad de Arquitectura, Regional Norte, Salto, 1999.
[2] Ferreira, Juan Carlos: “La ciudad y su arquitectura” en Salto, Colección Los Departamentos, Editorial Fin de Siglo, junio 2000.
[3] Ibidem
[4] Peluffo Linari, Gabriel: “El Realismo Social en el Arte uruguayo: (1930-1950). En catálogo de la exposición. Museo Municipal de Bellas Artes, Juan Manuel Blanes, Montevideo, noviembre, 1992.
Marco cultural
En el Uruguay, en relación a las artes visuales, los años cincuenta constituyen el inicio de lo que serán los agitados años sesenta, “es el momento de gestación de todos los agentes sociales y culturales que constituirán el aura histórica de la década siguiente”[1]. Como expresa Gabriel Peluffo, ”Entre mediados de la década del cincuenta y mediados de la década siguiente se sitúa el momento propicio para la existencia de una vanguardia artística en Montevideo, entendida no tanto como transplante de doctrinas o lenguajes metropolitanos –que lo fue, aunque en condiciones distintas a las de los años veinte. Sino entendida como autoconciencia de un determinado grupo social y cultural, como convicción íntima –rara vez explicitada en bases programáticas- de estar actuando por un lado solitariamente, pero por otro solidariamente con relación a los nuevos ideales de integración y de universalidad estética forjados en Europa y en Estados Unidos durante la postguerra”[2]. Es en este período que el Uruguay se percibe como moderno y tanto artistas como arquitectos sienten la necesidad de participar de los procesos renovadores del mundo contemporáneo. En este período, se observa también en el marco de una polémica entre artistas abstractos y artistas figurativos, que además de posiciones estéticas y políticas, se enfrentan en el “problema ético de la soledad del artista y su vinculación productiva con el resto de la sociedad.” [3] Comienzan a generarse impulsos renovadores en el campo de las artes visuales que pueden observarse a través de la asistencia a las Bienales de arte de San Pablo o de las exposiciones del Instituto General Electric (1963), las exposiciones de arte no figurativo. A su vez se forjan experiencias vinculadas al ascenso político de la izquierda, como el Club del Grabado (1953) donde los artistas que la fundan (Cziffery fue uno de sus pioneros) ven al grabado como “una manera de producir obras en serie a efecto de crear circuitos de distribución capaces de “masificar” la experiencia estética.” Este panorama. al que la historiografía del arte nacional, principalmente atribuye a Montevideo, se verá reflejado también en los artistas y arquitectos salteños de quienes nos ocupamos en este trabajo. A diferencia de las obras que analizamos anteriormente (años 40), en las obras realizadas en Salto en las décadas del cincuenta y sesenta, predominan las propuestas de arte abstracto y de una relación entre arquitectura y arte más constituida.
Rodríguez Fosalba ha incluido en varias de sus obras el concepto de diseño integral que predominaba en los proyectos de los maestros del Movimiento Moderno. El diseño propio del mobiliario, vitrales y otros elementos del equipamiento, así como la invitación a artistas a trabajar en característico en sus obras. Ejemplos de esta integración son el Club Salto Uruguay, la Iglesia Metodista y algunas viviendas como la Casa Migliaro, la casa Fernández Ballarini y la casa Motta.
El arquitectoartistaplástico, como él mismo se autodenomina, es un referente de la arquitectura y el arte en Salto y también de la dirigencia gremial y militancia socialista. “Ojito” como todos lo conocen, formado casi en forma paralela en artes plásticas (1946) -dibujo y pintura con personalidades como el Maestro José Czifery y el pintor José Echave en el Taller Pedro Figari de la Asociación Horacio Quiroga de Salto- y en arquitectura –Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República (ingreso en 1947) con docentes como Leopoldo Artucio, Fernando García Esteban, Ruben Duffau, Domingo Bazurro- no sólo las ha utilizado una en merced de la otra, sino que además las integró en todos sus trabajos. Además de los referentes en su formación, su obra está impregnada de los colores y texturas de los paisajes salteños que lo acompañaron desde su infancia[5].
Como ha expresado: “Mi carrera profesional como arquitecto compaginada con la pintura, me ha permitido abarcar formas de expresión libres, atrevidas y arriesgadas. La creación plástica se caracteriza, sin embargo, por la rigurosidad compositiva de estructura tectónica, medidas y estudiadas con rigorismo arquitectónico y sensibilidad cromática.”[6]
César Rodríguez Musmanno también ha trabajado en espacios interiores, como los dos murales antes mencionados (en el Banco del Plata y en la UTU), ha realizado otros que permanecen como el del Liceo número 4 de Salto y el más reciente en la Biblioteca Municipal de Salto.
[2] Ibidem
[3] Ibidem
[4] Sobre la obra del arquitecto Carlos Rodríguez Fosalba acceder a: http://arquitecturaensalto.blogspot.com/
[5] Escribe Rodríguez Musmanno: “Todo mi trajinar de niño estuvo signado por el gran escenario del Salto aldeano, el Ceibal y el Sauzal, el río Uruguay: sus arrancas de negras rocas y rojas tierras, sus cascadas de revueltas aguas, las playas de cantos rodados y el sol que caía a plomo sobre nuestras cabezas…y luego, al atardecer, el cielo y el agua teñidos de rojos y anaranjados intensos sobre el horizonte donde se recorta la geometría de la costa argentina. Y la remontadade pandorgas compitiendo en colorido con los cambiantes cielos y la imagen bravía del Uruguay crecido, con su secuela de dolor y desgracia.
Ocres, verdes y rojos netos, río azul celeste o sepia fuerte según las bajantes y las crecientes, los pescadores y las lavanderas, el puerto con chatas, grúas y remolcadores, el astillero: chatarra y herrumbres, lanchas para el cruce a la gemela Concordia y el entorno urbano de calles empinadas, casonas colgadas de las barrancas, sombríos zaguanes y la gama de los verdes en montes, parques y plazas….”
[6] César Rodríguez Musmanno en Catálogo para exposición Arquitecturas 2, Intendencia Departamental de Paysandú, Galería “Eurípides Bellofont”, 7 de noviembre de 2008.
[7] César Rodríguez Musmanno en entrevista con Diario La Prensa, 21 de octubre de 2004.
La producción tanto artística como arquitectónica en el interior del país siempre ha estado en situación periférica, ocupando un lugar casi nulo en la crítica, en la historiografía nacional y en las publicaciones especializadas. Salto, aunque ha tenido la tradición cultural a la que nos hemos referido en la primer parte de este trabajo, no escapa a esta situación. Así como las obras que analizamos anteriormente, el escenario actual sigue casi igual. Montevideo, centro hegemónico, sigue negando culturalmente al resto del país. No vamos a explayarnos en este trabajo, sobre esta situación ya que el objetivo del mismo radica en lo contrario, pero existen innumerables ejemplos que ilustran esta “injusticia” perjudicial para todos. Preferimos en este trabajo apostar a lo que se hizo y lo que se está haciendo para revertir este “desamparo cultural”.
A pesar que después de la crisis del año 2002, se han suspedido eventos tan importantes como las Bienales de Artes Visuales y que ha venido disminuyendo la actividad en el mercado del arte y de la construcción de obras de arquitectura en el Departamento, Salto sigue siendo un lugar propicio para el desarrollo artístico, arquitectónico y cultural, aunque se cuente con pocos recursos económicos. El legado artístico y la tradición cultural continúan estando presentes impulsando nuevas propuestas.
En Salto, como en el ámbito nacional, algunos artistas desarrollan su actividad plástica vinculados a la arquitectura y a la ciudad, siguiendo la tendencia del arte contemporáneo de las últimas décadas. Dejan de lado el monumento y la obra de arte duradera para realizar instalaciones efímeras, e intervienen en un espacio específico para luego desaparecer. Se pudieron encontrar también en Salto, obras creadas a partir de la concepción del espacio, dejando el modo convencional de exposición. Artistas que salen de los museos para trabajar en la ciudad o en otros espacios donde integran el público a las obras, comenzando así a cumplir un papel social, transformando espacios e invitando al espectador a incorporarse a la obra.
Por lo anteriormente mencionado, obviamente la mayoría de los trabajos realizados en este período ya no pueden verse, han desaparecido, lo que queda de ellos es su registro fotográfico.
Además de desarrollar a continuación el análisis de obras particulares, nos referiremos a eventos muy importantes para la cultura salteña como las Bienales de Arte de Salto y otros muy interesantes por sus propuestas artísticas y su participación multidisciplinaria como los Festivales de Arte y Rock del Río de la Plata y las tres exposiciones colectivas: Dialogar Despacio, Ucronías e Ideas en Libertad, realizadas en el centro de exposiciones del Mercado 18 de julio.
Bienales de artes visuales
Como ya lo hemos mencionado en la introducción de este trabajo, los Salones y las Bienales de Artes plásticas y visuales (Bienales de Primavera) realizadas desde 1970, han tenido gran relevancia nacional y han sido fundamentales para el desarrollo cultural de Salto. Han participado en estas bienales artistas uruguayos, de destaque nacional e internacional, así como destacadas figuras del ambiente artístico cultural que oficiaron de jurado de las mismas, como curadores y críticos de arte (Ernesto Heine en 1981, 1985, 1992, Roberto de Espada en 1996 y 1998, Walter E. Laroche en 1994, María Luisa Torrens y Angel Kalenberg, en 1983), expertos nacionales e internacionales (el profesor y crítico de arte argentino Aldo Galli, el crítico de arte brasileño Alberto P. Beuttenmüller en 1998, la periodista y crítica de arte argentina Elba Pérez en 2000). Llama la atención la participación en el jurado de muchos arquitectos como Mario Payssé Reyes (1981), Alberto Coppetti (1983), María Mercedes Martin y Carlos Carrere Granero (1994) Luis García Pardo (1992 y 1996 como jurado y 1998 como comisario artístico) y Olga Larnaudie (2000).








